10 años sin “mili”.

Decían que no sería posible, que estábamos locos, que para qué nos arriesgábamos. Decían que era para nada, que nos caería un marrón, que nadie nos iba a apoyar. Decían todo eso y más. Hoy hace 10 años que no existe el servicio militar obligatorio y en la lucha por su supresión dedicamos mucho esfuerzo, mucha pasión, mucho aprendizaje. Dejamos días en la cárcel, separación de nuestra gente, dolor innecesario. Me es difícil escribir sobre esto, porque es el periodo más duro que recuerdo, nada comparado con el camino hacia Sevilla I, nada comparado con la salida de esos muros. También de sentadas, manifestaciones, encierros…complicidades y nuevas formas de entender la lucha social que nos han marcado para siempre. Fuimos muchos y muchas, porque las mujeres antimilitaristas nos han dejado la huella imborrable de la rebelión contra el patriarcado. Contra nosotros mismos. El camino de la insumisión fue mucho más que la lucha contra la mili, que también.

Hoy están los medios dando la noticia. Mi amigo Enrique me la ha dado a mí. Porque con personas como Enrique, a su lado, sigue la lucha antimilitarista viva, con la gente del MOC, de Mujeres de Negro (nunca me cansaré de agradecerles su apoyo en los momentos duros, lo mucho que les debo), la RANA. Porque si bien no existe mili, el militarismo pervive de forma sangrante, porque sangre es lo que se cobra la industria militar, esa que vende a quien sea como se ha visto en Libia.

Mi amigo Roberto me regaló hace unas semanas un material estupendo que os recomiendo Kaleidoscopio: pequeñas historias de lucha y resistencia editado por Acsur Asturias. Entre ellas aparece este cómic ¿Dónde está la mili?. Me emocioné. Hoy siento la misma emoción. Por los recuerdos, por lo conseguido, por lo que queda por conseguir. Porque nos dijeron que era una utopía y hoy se cumplen 10 años. Utopía, nada mejor por lo que luchar, ayer y hoy, porque hoy siento de forma más profunda los principios antimilitaristas. Porque ayer era urgente, pero hoy se hace imprescindible desmontar la máquina de hambre y terror.

El movimiento antimilitarista me hizo uno de los mayores regalos; cuando a mi hija le preguntaron en el colegio a qué me dedicaba y ella respondía…”a trabajar por la paz y para que no haya guerras“. En ello debemos seguir.

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